Ale Montañez © 2016 Pintor expresionista de Tenerife, Islas Canarias, España, Planeta Tierra.

Ale Montañez, Viajero Insomne.

Publicado el: 2013-11-07

tico Ortelio Rodriguez Alba –  alba@bellasartes.co.cu

Arte de garra, arte de provocación en La Habana. Joven pintor, se confiesa un eterno viajero. Ciudades tan encontradas como Buenos Aires, Amsterdam, Paris, Nueva- York y La Habana han sido algunos de los escenarios en su itinerario vital.

La Habana.-Ale Montañez, joven pintor, se confiesa un eterno viajero. Ciudades tan encontradas como Buenos Aires, Amsterdam, Paris, Nueva- York y La Habana han sido algunos de los escenarios en su itinerario vital. Pero, en mi opinión, esos viajes superan el impacto físico para devenir travesías imaginarias de su universo vivencial.

¿Dónde principiaron sus trayectos? ¿Cuáles han sido los saltos en esos peregrinajes de juventud? Para mí, todavía son enigmas los apoyos donde se afinca su inquieta imaginación pero percibo en su pintura, en el gesto que la mueve a una persona que, cual centinela insomne, migra del ensueño a la vigilia casi sin parpadear.

Aunque de formación autodidacta, no creo que la obra de Ale Montañez pueda considerarse completamente naif, ya que es evidente que el artista ha estudiado corrientes como el surrealismo, el expresionismo y la nueva figuración.

Desde esos paradigmas parece entrecerrar los ojos y saltar, paleta en mano, a un expresionismo de banda ancha, unas veces figurativo, otras de orientación abstracta y creo yo que, casi siempre, sujeto a un evidente anclaje onírico.

Su tránsito por La Habana le ha sacudido. No se ha comportado como un típico viajero: ha respirado anchas bocanadas de vida que, más tarde, devuelve transfiguradas en forma de humo denso, de rostros distorsionados, de símbolos enrarecidos.

Si no, ¿Cómo explicar esa lenguas de vaca colocadas en el umbral de viviendas habaneras o esos “ojos que llegan, ojos que permanecen, ojos que se van” -titulo de una de sus obras citadinas o los edificios adormilados-en perenne difuminación-situados en una urbe que levita, ajena a su mágico ascenso?

Una atenta consideración de la figuración desarrollada en su piezas descubre una constante: el doble horizonte entre lo externo y lo interno, focalizado mediante esa suerte de ojo avizor- o estructura ovalada- que incita al “espectador” a mirar “hacia adentro y hacia afuera”, desde los volúmenes bosquejados en sus figuras-objetos, no pocas veces de talante espectral.

Pese a ese “ojo latente” que cubre el paisaje urbano y que termina imponiéndose como icono de un voyerismo desconcertante, Alejandro descorre prejuicios y pasea libremente por un entorno amado en “la luz tenue de sus calles, el color de la ropa de su gente, o una Rampa en forma de zapato de mujer y un malecón irrepetible…”.

Surgen entonces sus revelaciones pictóricas como manchas de luz en medianos y grandes formatos. Nace una iconografía de lo cubano y, más específicamente, de lo habanero a través de suvenires y todo tipo de artefacto adosado a una puerta de vivienda, convertida en instalación.

Otras veces, la pincelada gruesa, susceptible a colores contrastantes, esboza navíos, artilugios móviles, remolinos de mar, palmas erizadas u ojos, -una vez más-, transfigurados por rachas de viento. Es el espacio cubano, cuajado en la mirada de un hombre que devuelve a la antigua capital su ascendente mítico.

Recrea una tradición pictórica desarrollada por autores insulares, hechizados por la ciudad y sus embrujos. Los recuerda en su policromía exuberante, en el desenfreno imaginativo, en ese salto a la tela mediante superposiciones y signos de fuerza psicológica que reconocen en la distorsión de figuras y líneas los encantos de nuestras estrechas calles y las historias anónimas de seres excepcionales en su dimensión humana.

Tal vez, como María Zambrano en su tiempo, este creador canario continúa soñando otros mundos posibles. Y reescribe la historia de La habana, en su caso, desde su pintura –memoria.

Su obra podría dividirse en referenciales etapas, labor que un estudioso agradecería. Será tarea futura para especialistas. Yo he preferido comentar, desde el estremecimiento, una reescritura de Cuba y de La Habana realizada por un ser humano honesto. He elegido destacar su voluntad para abarcar aquella mágica dimensión de lo insular que un poeta universal y habanero-José Lezama Lima-nombró tan solo con dos palabras: “la posibilidad infinita”.

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